domingo, 17 de abril de 2011

Confianza en Dios pese a la violencia indiscriminada

He escuchado muchas veces que el mundo en el que vivimos – la sociedad, la comunidad, la política, la educación… – está corrupto y lleno de violencia de muchos y muy diferentes tipos. En los últimos años hemos visto en México – y en mi caso particular, en Nuevo León – una escalada, un incremento de la violencia en la sociedad. Hace cinco años era noticia que hubiera algún ejecutado, secuestrado o un tiroteo en alguna parte del estado; ahora ya aburre ver tanta violencia, nos hastía, ya nos hemos acostumbrado a tenerla presente, a la vuelta de la esquina, frente a nuestras casas, en el patio de la escuela de nuestros hijos… En todas partes hay violencia, violencia y corrupción.

¿Por qué tanta violencia? ¿Por qué Dios permite que la gente se mate entre sí y de paso a otros por accidente? ¿Por qué Dios no detiene tanta corrupción y con su mano izquierda barre la maldad mientras con la derecha pone un gobierno justo? ¿No se supone que Dios es justo y aborrece la injusticia y la corrupción? “¡Qué injusto es Dios que permite tanta maldad precisamente bajo sus propias narices!”

Esto me recuerda, precisamente, un libro de la Biblia: el libro de Habacuc. Él inicia su libro profético precisamente con esta clase de cuestionamientos hacia Dios mismo.

      ¿Hasta cuándo, SEÑOR, he de pedirte ayuda
      sin que tú me escuches?
      ¿Hasta cuándo he de quejarme de la violencia
      sin que tú nos salves? 
      ¿Por qué me haces presenciar calamidades?
      ¿Por qué debo contemplar el sufrimiento?
      Veo ante mis ojos destrucción y violencia;
      surgen riñas y abundan las contiendas. 
      Por lo tanto, se entorpece la ley
      y no se da curso a la justicia.
      El impío acosa al justo,
      y las sentencias que se dictan son injustas.
                                                                    Habacuc 1:2–4 | NVI

Muchos se preguntarán cómo es posible que en la Biblia, la palabra de Dios, se presenten estas preguntas y estos cuestionamientos hacia la justicia, la santidad y la omnipotencia de Dios. Bueno, hay que aclarar que esta es la introducción al libro entero. Este libro plantea precisamente las mismas preguntas que he puesto al inicio del artículo, y las contesta desde la perspectiva de Dios. De hecho, hace más que contestarlas, pues al hacerlo, Dios mismo amplía la pregunta y lo planteado, de modo que la queja inicial parece pequeña y casi insignificante.

La respuesta de Dios es terrible: Él va a enviar a los caldeos (los babilonios) a conquistar la tierra; va a utilizar a una nación aún más violenta y corrupta que ellos mismos para castigarlos; va a desatar un castigo tan terrible que parecerá que lo que hagan los caldeos con ellos es peor que lo que hacen ellos mismos. (¿No nos parece familiar esta escena a los que vivimos en Nuevo León? Prestemos atención a lo que dice Dios respecto a la violencia y la corrupción.)

Luego el profeta vuelve a preguntar a Dios cómo es posible que Él haga esto si Él (Dios) es tan justo. La respuesta de Dios es que a quienes Él mandará tendrán su propia culpa respecto a lo que van a hacer. Él no los va a instigar a actuar, simplemente va a dejar de impedirles que lo hagan. Luego, a esa misma nación la castigará por su violencia y su corrupción.

La pregunta evidente que salta aquí es ¿Por qué Dios utiliza a otros peores que su pueblo para castigarlos? La situación es similar a si el gobierno de un país utilizara a sus reos más violentos, perversos y viciosos para castigar enviándolos para hacer lo que les plazca a los contribuyentes que no pagan sus impuestos, a los que se pelean en las esquinas, a los que se pasan los semáforos en rojo, a los que dicen mentiras. El castigo parece desproporcionado.

La respuesta de Dios es bastante sencilla, aunque al principio pueda ser confusa: para hacer resaltar la maldad de su propio pueblo. Sí, de su propio pueblo. Dios contesta:

            He aquí el orgulloso:
                  en él, su alma no es recta,
                  mas el justo por su fe vivirá

                                                                     Habacuc 2:4 | LBLA

“El justo por su fe vivirá”. Esa es la respuesta de Dios. Nadie por sus actos, por su propia justicia, puede sobrevivir al justo juicio de Dios. Los orgullosos dicen: “Yo soy muy bueno, muy justo”, pero Dios dice de ellos: “Su alma no es recta”. No obstante, los que sobrevivan al juicio de Dios, no lo harán por ser buenos, sino por fe.

Cuando la Biblia habla de fe, se refiere a la confianza total en Dios para salvar al pecador de su pecado. De hecho es por eso que Dios envía su castigo, no por sus malas obras, sino por su falta de confianza, su orgullo que le permite decir: “No necesito a Dios”. El pecado del pueblo de Dios no era únicamente por haber robado, matado y aceptado sobornos, sino que todo ello vino porque, para empezar, dejaron de confiar en Dios y se creyeron suficientemente buenos como para atreverse a despreciar la ley de Dios, así como la misericordia de Dios respecto a sus pecados.

Regresando al caso actual (mi México y mi Nuevo León): ¿Cómo puede poner Dios un gobierno justo si todos somos pecadores?; si barriera la maldad, ¿quién quedaría vivo de todos nosotros para ser gobernado? No veamos el castigo de Dios sobre su pueblo en México (o en cualquier parte del mundo) como excedido; antes, bien, agradezcamos su misericordia, porque no hemos sido aniquilados, y pidamos perdón por nuestros pecados, en particular nuestra falta de confianza en Él, nuestra falta de fe.

El profeta termina su libro con un poema (más bien una canción) en la que habla sobre la justicia y la soberanía de Dios. Describe cómo Él utiliza toda su creación (incluidos los hombres sean buenos o malos) para ejecutar su voluntad. Describe la justicia, la soberanía y la omnipotencia de Dios (es decir, Él hace lo que quiere y puede hacer lo que quiera sin ser injusto). Más allá de cantar que Dios es justo, soberano y omnipotente, termina con una desgarradora declaración de confianza en Dios, diciendo que pase lo que pase, él (Habacuc) confiará en Dios. Si bien es cierto que lo que acaba de conocer sobre el juicio de Dios sobre su pueblo es terrible y temible, su confianza (su fe) está puesta en el Dios justo. Por ello no temerá.

    Oí, y se estremecieron mis entrañas;
    A Tu voz temblaron mis labios.
    Entra podredumbre en mis huesos,
    Y tiemblo donde estoy.
    Tranquilo espero el día de la angustia,
    Al pueblo que se levantará para invadirnos. 
    Aunque la higuera no eche brotes,
    Ni haya fruto en las viñas;
    Aunque falte el producto del olivo,
    Y los campos no produzcan alimento;
    Aunque falten las ovejas del redil,
    Y no haya vacas en los establos, 
    Con todo yo me alegraré en el SEÑOR,
    Me regocijaré en el Dios de mi salvación. 
    El Señor DIOS es mi fortaleza;
    El ha hecho mis pies como los de las ciervas,
    Y por las alturas me hace caminar.

                                                              Habacuc 3:16-19 | NBLH

¿Podemos confiar en Dios aunque nos quedemos sin comida para alimentar a nuestros hijos? ¿Podemos seguir agradecidos con un Dios que envía guerra, corrupción sin escrúpulos y perversiones contra nosotros a causa de nuestro pecado? Según Habacuc, la pregunta se reduce a una sola; y esa pregunta nos la debemos hacer cada uno de los que nos quejamos de la situación en nuestro entorno, y yo te pido que te tomes un tiempo ahora para contestarla sinceramente, sin tener que salir a la calle a gritar tu respuesta, pero con toda honestidad: ¿Confías en Dios?

Sólo a Dios la Gloria.