sábado, 5 de marzo de 2011

El amor propio y el ego

Con frecuencia (cada vez mayor) oigo o leo que cristianos e incluso predicadores cristianos hablan de la necesidad de amarnos a nosotros mismos para poder cumplir con el segundo mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39; 1 Juan 4:21; Levítico 19:18; Mateo 19:19). Me preocupa el hecho de que han tomado un mandamiento de la Biblia, lo han sacado de contexto y le han dado la vuelta a las palabras para que digan algo que nunca afirma la Biblia: “primero debes poner tu esfuerzo en amarte a ti mismo para luego poder amar a los demás.”


Esto me presenta tres problemas:
  1. Han hecho que parezca que la Biblia dice algo que nunca afirma.
  2. Han logrado que las personas tengan un pretexto para concentrarse en sí mismas.
  3. La afirmación no puede ser negada de modo categórico.
Son problemas, no porque no tengan solución, sino porque causan tres tipos de conflictos en cuanto a nuestra relación con Dios y nuestra fe.

1. Todo texto fuera de contexto es un buen pretexto


Debemos recordar siempre que la Biblia es un texto con unidad, coherencia y continuidad en toda su extensión. Por lo tanto, debemos analizar las palabras de cada oración a la luz del contexto en cuatro niveles (a nivel textual, mínimo):
  1. Párrafo, estrofa o unidad de comunicación.
  2. Pasaje, capítulo o sección del libro.
  3. Libro, propiamente dicho.
  4. Biblia: todo su mensaje, desde Génesis hasta Apocalipsis.
Así que veamos lo que nos dice la Biblia respecto a esa afirmación en el Evangelio de Mateo:
Entonces los fariseos, oyendo que había hecho callar a los saduceos, se juntaron a una. Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. (Mateo 22:34-40)
Con quedarnos en el primer nivel de contexto (párrafo), ya podemos desarmar la afirmación de estos hermanos, porque el mismo Señor Cristo Jesús nos dice que lo más importante es amar a Dios por sobre todas las cosas (v. 37). En el primer plano no puede haber nadie más. En el segundo plano, subordinado al primero, estamos nosotros, pero supeditados a amar a todos los demás al igual que a nosotros mismos. La Biblia nos llama a concentrarnos en amar a Dios y a poner a todos los demás al mismo nivel que nosotros: ¡Por debajo de Dios! Yo creo que la Biblia da por sentado de manera categórica el amor propio y que este amor es el que tenemos en primer plano, y por eso el Señor solo se concentra en mandarnos amar a Dios con “todo nuestro ser” —para que ahora Dios sí quede en primer plano— y al prójimo cuando menos, como nos amamos a nosotros mismos.

El mandamiento es claro en este pasaje: concéntrate en amar a Dios; pero no vayas a utilizar esto como pretexto para no amar a los demás, o para amarlos menos que a ti (Marcos 7:9-13).

No he encontrado en la Biblia ningún pasaje (que pase la prueba del contexto) que afirme que Dios nos ordena amarnos a nosotros mismos, mucho menos utilizando un concepto de amor tan distorsionado (que la mayoría de las veces lleva la connotación de mimarnos) y darnos tiempo para nosotros mismos, que es lo que la mayoría de las veces pretenden dar a entender con amor estos hermanitos.

2. El diablo es la persona más egocéntrica que existe… y quiere que seamos como él


C. S. Lewis, en el prólogo a su libro Cartas de un diablo a su sobrino, describe a Satanás y los demonios en general como personas concentradas en sí mismas de modo que demandan la subyugación de todo lo que existe a su voluntad, o la destrucción de lo que no lo haga. Posteriormente, en el mismo libro, de manera recurrente se insta al demonio joven e inexperto a tentar al “paciente” (víctima) con cosas que le permitan concentrarse en sí mismo: sus sentimientos, sus ideas, su percepción de la realidad y, de manera especial, su percepción de sí mismo.

Volviendo al mandamiento expresado por el Señor, si amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente, no nos queda lugar para amarnos a nosotros mismos fuera del amor de Dios. Esto quiere decir que no podemos dejar de estar concentrados en amar a Dios todo el tiempo y con toda nuestra energía sin pecar. Además, si en un momento buscamos concentrarnos en, o (como muchos lo expresan para que sea más light) “darnos tiempo para” nosotros mismos, no podemos seguir concentrados en atender a Dios nuestro Señor; de hecho, en ese caso, estamos tratando de ponernos en su lugar, para que todo gire (“sólo un momentito”, dirían los hedonistas) en rededor nuestro. Esto es una descripción del pecado y Dios nunca nos animaría a pecar.

Recordemos también que la tentación presentada por Satanás (la serpiente) en el huerto del Edén fue la capacidad de poder ser como Dios, iguales a Dios (Génesis 3:4-5). Este fue el mismo pecado que cometió Satanás (según entiendo de los pasajes de Isaías 14:12-14 y Ezaquiel 28:12-19), y es el origen de este nombre —que significa “el adversario”—, por cuanto pretendió ser capaz de rivalizar con Dios, poniéndose a sí mismo en el lugar que le corresponde sólo al Creador.

Desde el principio de la historia de la humanidad, la intención del Diablo ha sido que, al igual que él, quitemos a Dios de su trono y pongamos a alguien más. Si no puede lograr que lo pongamos a él, se conforma con que quitemos a Dios de su lugar para ponernos a nosotros mismos.

3. El amor propio en la Biblia es presupuesto, afirmado y esperado


En los libros sapiensales de la Biblia con frecuencia el llamado al pueblo de Dios es a ser humildes, no altivos ni orgullosos. Si lo pensamos por un momento, la altanería y el orgullo son ambas formas de un amor propio que nos pone a nosotros mismos en el lugar que sólo le corresponde a Dios. Expresado de otra manera: “Me amo tanto, que no puedo dejar que nada ni nadie me subyugue o esté por encima de mi”. Este es un amor torcido, sucio, corrupto, fuera de límites.

Una de las funciones del amor al prójimo es poner en su debido lugar el amor propio (no al revés). Si amamos a los demás como a nosotros mismos, no hay forma de que nos amemos más de lo que los amamos a ellos.

Un ejemplo es necesario. La sociedad se rige por normas que definen derechos y obligaciones; éstos existen a causa de nuestro pecado, para poner límites a nuestra naturaleza pecaminosa. La relación entre derechos y obligaciones es tal que si una persona tiene un derecho, es obligación del resto de la sociedad respetar dicho derecho. En este caso, podríamos considerar los derechos de cada persona como parte de su amor propio, y las obligaciones de cada persona como parte del amor al prójimo. Si una persona se ama mucho, exigirá de todos el respeto de sus derechos, pero al hacerlo no le quedará tiempo ni energía suficiente como para respetar los derechos de los demás; si todos hiciéramos esto, está garantizado que no se respetarían los derechos de nadie. (¿Les resulta familiar esta situación?) Por otro lado, si todos respetamos los derechos de los demás en lugar de concentrarnos en nuestros propios derechos, el cumplimiento de los derechos de todos está garantizado. De modo que mis derechos están limitados por los derechos de mis prójimos. Y al respetar los derechos de mis prójimos me estoy amando a mi mismo.

De modo similar, mi amor propio está limitado por mi amor al prójimo. Pero una cosa es lo que yo llamo amor propio: el reconocimiento del valor de mi vida por el simple hecho de ser creación de Dios a su imagen y semejanza; y otra cosa es lo que llamo ego: el deseo de tomar el lugar de Dios y pretender que todo gire a mi rededor para mi comodidad y capricho. El ego es el amor propio distorsionado y corrompido por el pecado. Este amor propio tiene dos consecuencias directas sobre mi relación con mis prójimos y con Dios. No puedo negar el amor a mis prójimos por el simple hecho de que los mismos motivos que tengo para amarme también aplican a ellos del mismo modo y en el mismo grado (todos somos creación de Dios y, en comparación con Dios, todos somos igual de insignificates). Pero no puedo amarme a mí mismo ni a mis prójimos si no amo a Dios y no reconozco que su creación es buena y digna de ser apreciada. Por lo tanto, el centro de todo sigue siendo el primer mandamiento: Primero debo amar a Dios.

De hecho en las referencias proporcionadas se da por sentado que TODO ser humano se ama a sí mismo. En Mateo 22:39, el Señor está afirmando implícitamente que puesto que todos nos amamos tanto a nosotros mismos, la mejor manera de cumplir con la Ley, será amar a los demás como lo hacemos con nuestras propias personas.

De esto deduzco que el amor propio, amarme a mí mismo, no es algo que desagrade a Dios por sí mismo; Dios espera que nos amemos… del modo correcto y en el lugar que nos corresponde. Pero siendo criaturas pecadoras, el único modo de lograr esto, es desafanándonos de nosotros mismos y poniendo toda nuestra voluntad y energía en amar a Dios, y consecuentemente, amar a nuestros prójimos por ser creación de Dios a su imagen… igual que yo.

Por eso tampoco podemos negar categóricamente que amarnos, en el sentido descrito, sea malo, pues después de todo, es parte de un mandamiento expresado por el mismo Señor Jesucristo, aunque cabe aclarar que es una especie de parche a causa del pecado, de nuestro ego. No obstante, podemos limitar los daños que dicho mandamiento, erróneamente interpretado, pueda hacer por medio de nuestra naturaleza pecaminosa.

Sólo a Dios la Gloria