domingo, 14 de noviembre de 2010

Confianza: el racional elemento de la fe

En un artículo publicado por La Jornada (www.jornada.unam.mx) el 20 de marzo de 2009, titulado “Expertos hallan fundamento biológico de la creencia en Dios” se asegura haber hallado la relación entre la creencia religiosa y algunas funciones neuronales que han ‘evolucionado’ para facilitar nuestra supervivencia. Casi me parecería sorprendente ver que las personas siguen tratando de refutar la existencia de Dios por medio de explicaciones antropológicas, históricas, psicológicas... No lo han logrado. Ahora han sacado una teoría que de entrada me parece interesante, si bien tampoco la presentan de una manera neutral (y tampoco pueden). “Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.”(Romanos 1:22-23)
El artículo comienza de la siguiente manera:

La creencia en Dios está profundamente arraigada en el cerebro humano, el cual está programado para las experiencias religiosas, según un estudio que analiza por qué la religión es un rasgo humano universal que ha abarcado todas las culturas a lo largo de la historia.
Pese a todas las teorías, la pregunta continúa: ¿Por qué los seres humanos creen en Dios, dioses y las experiencias religiosas? La pregunta es válida únicamente si se parte del presupuesto de que Dios no existe, y que, de esta manera, la naturaleza humana provendría de la evolución de la naturaleza animal. Sin embargo, si partimos del hecho que Dios creó el universo, la biodiversidad y la humanidad, la respuesta es sencilla: Creemos en Dios o estamos predispuestos a las creencias religiosas porque así nos creó Dios.
El problema de estos científicos se encuentra desde el planteamiento del problema “ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.” (Romanos 1:25). ¿Cómo podemos hallar la verdad si desde el inicio de nuestra búsqueda hemos decidido hacer caso omiso de ella?
Otra cosa que me llama la atención es que de entrada hablan de que el cerebro está “programado” para las experiencias religiosas. Sin embargo, luego de haber hablado de programación (la cual es producto de la actividad inteligente, igual que el diseño) explican que dichas funciones neuronales fueron creadas por medio de la evolución, la cual consideran un proceso impersonal y guiado por el azar.
Honestamente, ¿qué es más fácil de creer: que Dios todopoderoso creo todo lo que existe, o que todo lo que existe surgió de una explosión de energía que produjo materia? Si no queremos creer en (o a) Dios, pudiéramos pensar que es más fácil creer en la evolución. Pero pensémoslo por un momento.
¿Alguien ha visto que de un proceso de liberación de energía se genere materia? He visto que la materia se transforme en otra forma de materia o en energía, pero nunca he visto energía convertirse en materia. Tampoco digo que no sea posible, pero en caso de ser posible, requeriría tal cantidad de energía que la posibilidad de que ocurran las condiciones necesarias parece ser infinitesimal. ‘Pero la materia es energía ordenada y comprimida’, dicen los científicos. Bien, no tengo motivos para decir que no lo sea, pero ¿cómo puede surgir un sistema más complejo de uno menos complejo? Las leyes de la termodinámica niegan esta posibilidad. ‘Las estrellas generan la materia de la que está hecho el universo’. Pero las estrellas están formadas de materia, no de energía, y liberan energía al comprimir la materia, transformando la materia en energía y en otro tipo de materia. Nunca vemos en el proceso a la energía convirtiéndose en materia.
Pero los cientificistas siguen creyéndolo, de manera que formulan hipótesis sobre hipótesis, tratando de sacar verdades de la nada. Comenzaron apilando algunas teorías (posibilidades) sobre otras, considerando que si las primeras son verdad, las subsiguientes pueden serlo también. Luego afirmaron que si las primeras son verdad, las subsiguientes tienen que serlo. Para terminar cambiando las teorías (ideas posibles) por hipótesis (ideas que aspiran a ser posibles). De modo que cambiaron la verdad por la mentira, y que así pudieran justificar su deseo de que Dios no exista al negar la necesidad de Él en el universo, para poder tomar el lugar que sólo a Él le corresponde. De este modo, se complican la existencia por el simple hecho de negar la verdad, ya que la verdad de Dios se revela desde las cosas hechas por su palabra. ‘porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa’ (Romanos 1:19-20)
Pero en el caso de Dios como creador, claramente leemos en la Biblia que Dios es el que ‘llama las cosas que no son, como si fuesen’ (Romanos 4:17) indicando con esto que él crea las cosas con el simple hecho de ordenar que sean creadas. De modo que lo que él dice, por cuanto lo dice Él, es verdad y es real.
De este modo la situación se reduce a lo siguiente: Le creemos a Dios o le creemos a los científicos que niegan a Dios. Los científicos se esfuerzan en negar a Dios al pretender crear posibilidades de que lo que Dios diga no sea cierto (lo cual es imposible, por cuanto es creador). Además, los científicos se contradicen a sí mismos una vez tras otra, mientras que Dios nunca se contradice a sí mismo, ni su creación contradice la verdad revelada por Dios (y tampoco puede).
El artículo continúa de la siguiente manera:
Científicos que buscan un punto de Dios neuronal, que controle la creencia religiosa, piensan que no se trata de un centro en sí, sino de varias zonas del cerebro que forman el fundamento biológico de esa creencia.
En esta simple oración ya se están contradiciendo: buscan un punto, pero piensan que son varias zonas. Esta contradicción surge del deseo de reducir a Dios a un simple proceso neuronal que es producto de la evolución. Si, por una parte, pueden reducir a Dios a un sólo punto neuronal, lo hacen una parte del cerebro humano; pero si aceptan ese único punto, mantienen la integridad de la noción de Dios. Si, por otra parte, reconocen que la noción de Dios es creada por la interacción de varias zonas del cerebro, hacen a Dios una especie de corto circuito neuronal; pero de este modo reconocen que todo el cerebro interviene al reconocer a Dios, haciéndolo un elemento de nuestra naturaleza diseñado para este mismo propósito.
Por cualquiera de las dos vías están atrapados. No pueden negar a Dios. De modo que lo que hacen es presentar las dos vías como posibles, generando ambigüedad en el concepto y trasladándola de modo implícito a la existencia de Dios. No obstante, la manera en que lo presentan refuerza la segunda posibilidad, pero ya hicieron estrago en la confianza en Dios.
Cabe aclarar que este es el procedimiento estándar en la producción de ‘ciencia’. En base a las ideas de un ‘científico’ se generan algunas ‘realidades’ posibles como consecuencia de esa idea. Si logran dar ‘fundamento’ a esa posibilidad aunque sea en otra ‘posibilidad’, la llaman realidad en virtud de que juntas son coherentes entre sí. Si no pueden conseguirle un ‘fundamento’, buscan otra idea similar que tampoco tenga fundamento y las presentan ambas como posibles, desviando la atención de la falta de ‘fundamento’ de cada una a la de la preferencia por una u otra (en todo caso, ambas posibilidades son igualmente infundadas) haciendo que cada ‘científico’ elija y defienda la que prefiera, la mayoría de las veces al atacar a la otra en lugar de buscar fundamento real a la que apoya. (Se pelean por cuál mentira elegir para sustituir la verdad de Dios.)
No discutiré todo el artículo aquí, pero me gustaría comentar algo sobre los dos últimos párrafos, el primero de los cuales dice así:
“No hay en estas estructuras cerebrales ningún aspecto que sea exclusivo de la creencia religiosa. La religión no tiene un ‘punto de Dios’ [neuronal] como tal, sino que está imbricada en toda una gama de otros sistemas de creencias en el cerebro que utilizamos día con día”, explicó. Añadió que el estudio sugiere que el cerebro es inherentemente sensible a creer en cualquier cosa si hay fundamento para ello, pero cuando hay un misterio acerca de algo, la misma maquinaria neuronal se aplica en la formulación de la creencia religiosa.
Esto es inherentemente cierto y estoy de acuerdo con lo que dicen a causa de lo siguiente:
  1. No podemos relegar al Dios que crea las cosas con solo nombrarlas, a un grupito de neuronas en nuestro cerebro.
  2. Nuestra naturaleza nos grita que Dios existe, no sólo al pensar en Dios (o ángeles, o demonios, o hadas), sino en cada momento de nuestra vida (‘ y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes’: Deuteronomio 6:7; ver Deuteronomio 6:4-9).
Por otra parte, en el artículo se igualan a todas las religiones, todas las creencias religiosas, haciendo a Dios igual que los otros dioses. Pero haciendo distinción entre las religiones y la confianza en el Dios verdadero, la función que describen para explicar lo que no entendemos, es el mismo proceso para ‘crear ciencia’ cuando no se inicia por la verdad que Dios ha hablado.
Se nota un elemento intrínsecamente religioso (y fanático) en la pasión y racionalidad con la que algunos científicos defienden sus ideas (¿creencias?). ¿No serán esos científicos un reflejo moderno de los falsos profetas que nos incitan a alejarnos de Dios?
El último párrafo dice así:
Cuando tenemos un conocimiento incompleto del mundo que nos rodea, nos ofrece la oportunidad de creer en Dios. Cuando no tenemos una explicación científica de algo, tendemos a creer en explicaciones sobrenaturales, añadió Grafman, quien cree en Dios. Tal vez obedecer a fuerzas sobrenaturales de las que no tenemos ningún conocimiento facilitó el surgimiento de las formas religiosas de la fe.
La primera oración es verdad. Pero quien la haya expresado tiene una confianza absoluta en la ciencia, no en Dios, como se puede ver en la segunda oración; no fundamenta el conocimiento verdadero en la revelación de Dios, sino en la capacidad de la ciencia para proveer una explicación. De nuevo está invirtiendo los papeles y el orden de las cosas. Cuando no podemos (o queremos) creerle a Dios, buscamos explicaciones para entender lo que Dios ha hecho en su creación sin tomar en cuenta a Dios.
Termina el párrafo reduciendo la fe a una actitud de credulidad ingenua. Divide a la humanidad en dos grupos y ha puesto a cada grupo en un nivel distinto (su propio grupo, el científico, es, por supuesto, el nivel superior); esta actitud no hace más que buscar la gloria propia, no de Dios (en quien dice creer; ¿en qué dios creerá?). Por otra parte, confiar en el Dios de la Biblia no divide a la humanidad en niveles, pues ninguno de los grupos puede conocer nada por sí mismo, sino que dependen de la revelación de Dios. Lejos de buscar la gloria propia, abandona toda esperanza de ello y la entrega por completo a Dios.
No obstante, la fe es confianza, específicamente en una persona. No es credulidad, tampoco es esperar que porque pienso, espero o deseo que algo sea verdad o se vuelva realidad, así ocurrirá. Y cuando la Biblia habla de fe, la persona en la que se tiene confianza es Dios y nadie más. No en mí, no en la humanidad, no en la ciencia, no en mis supersticiones, sino en Dios.
De modo que el asunto de todo lo que se ha dicho se reduce a la confianza. ¿En quién es más razonable confiar? ¿En los científicos que se contradicen entre sí y a sí mismos?, ¿en nosotros mismos que no conocemos todas las cosas y que nos traicionamos a la primera oportunidad?, ¿en las religiones que nos hunden en el miedo y la sumisión a otros seres humanos? ¿o en el que nunca miente, siempre dice la verdad, tiene poder para hacer realidad lo que dice y tiene la voluntad de cumplir lo que promete?
¿Quién es tu dios? El mío es Dios, con ‘D’ mayúscula.